La casa oscura
En la casa oscura no vive nadie. Pero, al atardecer, cuando los vientos del oeste empiezan a soplar, la vieja morada cobra vida. Entre los crujidos de su madera envejecida, comienza a susurrar las historias que aún permanecen ocultas en las grietas de sus paredes, donde las sombras proyectan los rostros olvidados, como fantasmas del pasado que se niegan a desaparecer.
Estoy frente a esta puerta que, con la llegada de la noche, se vuelve cada vez más oscura. No sé por qué sigo esperando algo, aun sabiendo que no hay nadie al otro lado que pueda salir a saludarme.
El silencio me abraza y me quema el rostro como el beso de un hombre prohibido.
Doy un paso.
Y estoy dentro.
La habitación está cubierta de polvo. Las paredes, ocultas tras un espeso manto de telarañas, parecen sumidas en un sueño eterno, suspendidas en la espera de alguien que ya no existe. El tiempo se ha detenido entre sus grietas, donde el silencio ha echado raíces y el olvido ha convertido cada rincón en un mausoleo de recuerdos.
Cojo la silla abandonada en el centro de la habitación. Aparto el polvo que la cubre, la coloco frente a la ventana y me siento. Desde allí contemplo las farolas, que luchan por iluminar el camino de los cuerpos perdidos, como el mío, condenados a vagar entre las sombras de la noche.
Enciendo un cigarro y dejo escapar el humo por la boca y la nariz, como si intentara ahogarme en él. De repente, echo de menos el café negro, el único capaz de salvarme en un instante como este, mientras afronto a los fantasmas que me atormentan.
Me he sentado frente a ellos para que me miren, me observen y, finalmente, me devoren. Y, si hay que morir, que sea con el amargo sabor del café negro aún en los labios.
Cierro los ojos y dejo que el frío de la casa oscura penetre en mi piel. Me desabrocho el abrigo y digo en voz alta:
—¿Creías que no volvería? Tienes razón. Yo tampoco creía que regresaría. Pero aquí estoy, contemplando una vez más tu sufrimiento, tus miedos, tu soledad y la frialdad con la que me envenenaste. Aún hoy no sé qué se siente al amar, al vivir, al disfrutar de la vida.
Te he culpado. Te he odiado durante toda mi vida por ello, porque fuiste tú quien sembró en mí este vacío que nada ni nadie ha conseguido llenar.
Pero mírame. Estoy aquí, sentada en el centro de esta casa oscura y fría. He venido para morir frente a ti.
—Te odio, ¿me oyes? Y no me avergüenzo de ello. ¡Sí! No sé perdonar, ni pienso perdonarte nunca. No me arrepiento de haberte abandonado. ¿Lo entiendes? No siento culpa. Solo siento que te odio. Y cuando moriste... no lloré. ¿Me escuchas?
Pero entonces empecé a llorar.
La mano me tiembla y el cigarrillo intenta escapar de entre mis dedos. Cae al suelo y se apaga poco a poco, consumiéndose en su propia llama, igual que yo en este instante.
Me levanto de la silla y dejo que el llanto brote de mi pecho, liberando unos pulmones saturados de nicotina, con un sabor tan amargo como la muerte.
En la calle empieza a llover. Poco a poco me calmo. Echo un último vistazo a la casa. Cojo la silla y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedan, con un grito ahogado la estrello contra la ventana.
El cristal estalla en mil pedazos.
Jadeo, exhausta por el esfuerzo. La lluvia comienza a colarse en el interior de la casa, empapando el polvo, las paredes y los recuerdos que durante años permanecieron encerrados entre aquellas sombras.
Me quedé un rato más, escuchando la lluvia y el silencio de la casa. Encendí otro cigarro, me abroché el abrigo, me puse la capucha y salí a la calle. Dejé que la lluvia empapara mi cigarro y también mi cuerpo. Miré el reloj, que marcaba la medianoche. Tomé la calle más oscura y desaparecí en ella, buscando la luz.


Como echaba de menos tus relatos y tu singular forma de expresarte. Muy guay como siempre ☺️🤗
Megi, qué alegría tenerte de vuelta por aquí 🫂