El padre prohibido
De su pasado solo quedaba la silla de madera que su padre había hecho con sus propias manos. Allí la tenía, junto al armario, cubierta de ropa, tazas de café y libros amontonados; la silla apenas se veía. Y ella, a propósito, seguía dejando encima más cosas, como si castigara la imagen de su padre que aún permanecía en aquella silla.
Su padre, aquel hombre que siempre le parecía un sueño de verano: tenue, lleno de luz y de colores, una imagen borrosa que se asoma al abrir los ojos después de un largo sueño. Ya casi no recuerda su rostro, pero todavía puede ver sus manos, llenas de venas y fuerza, quemadas por el sol.
Después aparece la imagen de su madre, siempre triste, algo nerviosa y descuidada. Y luego, la silla de madera que le dejó antes de desaparecer.
La silla es hermosa, pero ella intenta canalizar toda su rabia a través de ella y la maltrata. Por eso ha perdido su belleza: la tiene colocada donde no debería estar, y ahora se ve desgastada y ligeramente inclinada.
Hubo una discusión entre él y su madre que duró toda la noche. Ella los observaba desde la puerta entreabierta, sigilosamente, para que no advirtieran su presencia.
La cocina, donde tuvo lugar la pelea, estaba llena de humo de tabaco. Él permanecía sentado junto a la mesa, con una maleta a su lado. Ella, gesticulando, le reclamaba el engaño, la cobardía, y le gritaba que jamás volvería a ver a su hija, que le prohibía acercarse a ella.
Él no decía nada. Solo fumaba, con la cabeza agachada.
Tenía muchas ganas de entrar e interrumpir la discusión, pero tuvo miedo: miedo de que su madre se enfadara aún más. Y después de escuchar la palabra prohibido, algo cambió dentro de su mente, de su alma. Su padre, de repente, quedó prohibido para ella, y su imagen comenzó a alejarse cada vez más en su interior.
El padre prohibido, repetía todos los días después de aquella noche. Prohibido, decía una y otra vez.
Cuando su madre terminó los reproches, él se levantó y se fue sin decir una sola palabra. Solo después de abrir la puerta, ya para salir, se dio la vuelta y pidió perdón.
La madre lloró hasta el amanecer, y después siguió llorando por las noches, hasta que llegó el día en que las lágrimas se transformaron en un rostro serio que nunca sonreía, con una mirada triste y amargada. Así continuó hasta la muerte.
En sus últimos días, la última palabra que le dijo a su hija fue que la culpa la tenía ella, y que la perdonara por haber sido tan mala madre. Porque nunca le dio un abrazo, nunca le dijo que era guapa o inteligente.
Creció en silencio, sin aprobación y en la más absoluta soledad, en una casa sin color, sin olor a comida y con las cortinas siempre cerradas por las jaquecas de su madre.
Cuando se independizó, su madre nunca le reprochó nada, porque sabía que para ella sería mejor alejarse de aquella mujer neurótica. Su marcha la liberaba de su presencia.
Le dijo que no hacía falta que la visitara a cada momento, que fuese libre y viviera la vida como quisiera. Y también le pidió que se llevara la silla, que la librara de ella.
No era capaz ni de tirarla ni de regalarla, pero si su hija se la llevaba sería un alivio. Necesitaba que alguien la liberara de aquella silla, que para ella era como una condena.
Y desde entonces empezó a cargar sobre la silla el peso de su vida diaria, como si depositara en ella toda su rabia. Así comenzó a castigar a su padre a través de aquella silla de madera, que no tenía ninguna culpa.
Un día conoció a un hombre y lo llevó a su casa. Fue entonces cuando retiró todo lo que había sobre la silla y lo invitó a sentarse.
—Siéntate, y luego déjame mirarte —le dijo—. Quiero ver cómo se ve un hombre sentado en esta silla.
Él quedó un poco sorprendido, pero no le dio demasiada importancia.
Después hicieron el amor frente a la silla, pero ella no sentía nada. Todo era automático, vacío, sin sentimientos. Lo único que habitaba en ella era la rabia y el vacío, y aquellos sentimientos eran tan inmensos que ya no dejaban espacio para nada más. No había lugar para otras cosas, solo para eso: la rabia y el vacío.
Un día estaba sentada en el parque, comiendo su sándwich de media mañana y tomando café, cuando vio a una niña con su padre. Él le enseñaba a montar en bicicleta; reían, se abrazaban, bromeaban.
Lo que sintió fue envidia. Se le quitó el apetito. Tiró el café y el sándwich en una papelera que había al lado, se metió las manos en los bolsillos, se puso los auriculares, dejó sonar Nothing Else Matters de Metallica y caminó hasta la estación.
De pronto, sin demasiado entusiasmo ni alegría, tomó un tren hacia el distrito que recordaba de las conversaciones entre su madre y una amiga. Siempre hablaban en voz baja, para que ella no las oyera, pero estaba tan acostumbrada al silencio que había aprendido a escuchar hasta los sonidos más leves. Una hora después, bajó del tren.
Salió a la calle y, con la palabra prohibido resonando en su mente, comenzó a caminar hacia la calle donde su madre decía que lo había encontrado. Nunca mencionaba su nombre, porque todo lo relacionado con él estaba prohibido. Aun así, rompió el círculo y siguió adelante.
Llegó hasta una casa no muy grande, con un jardín pequeño y bien cuidado. Permaneció allí horas, de pie, esperando. Anocheció y las luces se encendieron en el interior.
Se abrió la puerta. Salió un muchacho joven, menor que ella, y detrás apareció un hombre mayor. Se abrazaron. El chico se marchó. Ella, apoyada en un árbol, siguió observando mientras escuchaba música con los auriculares. El muchacho pasó junto a ella, la miró un instante y desapareció por la calle que llevaba a la estación.
El hombre mayor volvió a entrar en la casa y apagó la luz de la entrada. Ella también regresó a la estación.
Toda la noche fue incapaz de pegar ojo. Reproducía una y otra vez la imagen de su padre abrazando a su hermano.
Al amanecer se levantó de golpe, cogió la silla y salió de casa. Tomó un taxi furgoneta, dio la dirección y, al llegar, pagó al conductor, le dio las gracias y bajó con la silla.
Se acercó a la casa, cruzó el jardín y llamó a la puerta. Después de un rato, abrió su padre. Se quedaron mirándose. Ella alzó la silla sin decir una palabra, la dejó delante de él y le guiñó un ojo. Luego se dio la vuelta y se alejó: de aquella calle, de aquel distrito que tanto nombraba su madre, del padre prohibido y de la silla que la había condenado con hilos invisibles a una historia que no tenía nada que ver con ella.
Liberada, se puso los auriculares, dejó sonar Cosmic Girl de Jamiroquai y, con pasos ligeros, se dirigió hacia la estación para no volver jamás.
Su padre gesticulaba algo detrás de ella, pero ya no escuchaba nada. Ahora lo único que quería era dejar de oír las palabras de los demás. Ahora le tocaba hablar a ella, hacer el ruido que quisiera, descorrer todas las cortinas y dejar la ropa y las tazas de café tiradas por el suelo.


Megi, me gustó la atmósfera y el peso que traía es silla a su vida.... Me quedó una imagen demasiado poderosa de ella entregándole la silla al padre.
El final es liberador 😍 me encanta. Es como leer un relato de short cuts de Raymond Carver, sientes que hay más, que está cortado y aún así, es magnífico.